Tres meses dentro y todavía sin decidirme

El registro de un novato con tres meses en la empresa que guarda hasta el viernes toda pregunta que no sea urgente. Sobre aprender el oficio entre correos en copia, oscilar entre renunciar y aguantar, y las noches que se acumulan sin llegar a encender el ordenador.

Una habitación tenue con aspecto de diorama de papel: una pared agrietada, una pequeña figura con casco bajo una lámpara cálida y, a la derecha, un monitor negro junto a un proyector y un portátil cerrado.
Música para este ensayo 3 Months Nap Lee / made with Suno
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Preguntas solo los viernes

Si no es algo urgente, siempre guardo mis preguntas hasta el viernes.

Puede que fuera por tener el fin de semana delante: al menos a mis ojos, el compañero encargado de formarme parecía de mejor humor los viernes. Así que, en lugar de soltar cada duda en el momento en que me surgía durante la jornada, las iba anotando una a una en una esquina del bloc y esperaba al viernes para preguntar, con cuidado.

Qué diferencia había entre los datos del mes pasado y los de este. Si aquellas tareas que se repetían tenían un calendario fijo o algún criterio claro. Preguntas menores, en el fondo.

Pero que llegara el viernes no hacía más suaves las respuestas. Por qué volvía a preguntar algo que ya estaba explicado en un correo; y con ese reproche, su cara se endurecía enseguida.

Lo que caía sobre mí eran, en cambio, incontables correos en los que yo iba en copia. Me revolvía entre toda aquella letra intentando reconstruir como fuera el hilo del trabajo. Nueve de cada diez veces había una frase que se me había escapado escondida en alguno de esos mensajes. O no la había visto por novato, o era algo que jamás debería habérseme pasado.

Hubo momentos en que la culpa era claramente mía y momentos en que me subía por la garganta algo muy parecido al agravio. Pero, fuera cual fuera la situación, yo me convertía en el culpable por puro reflejo. Mientras movía el ratón a toda prisa buscando el párrafo que había pasado por alto, media cabeza se me iba en calcular si convenía disculparme primero o soltar una excusa pobre.

Aprender el oficio entre correos

Nunca esperé que el primer día me recibiera un manual bien ordenado. Solo esperaba que las instrucciones fueran algo más claras.

Sus explicaciones pasaban siempre de refilón. En vez de un contexto que se desplegara en orden, llegaban instrucciones sueltas, cortadas de golpe. Los huecos que dejaban tenía que rellenarlos yo, rebuscando entre los correos en copia acumulados en la bandeja.

Yo apuntaba sin parar. Volvía a abrir correos viejos, unía los fragmentos dispersos, intentaba entenderlo de algún modo. Quería saber qué hacía y por qué. Pero a sus ojos yo debía de ser el subalterno lento que preguntaba otra vez por un trabajo ya explicado.

Lo que se me escapaba una vez volvía convertido en un arreglo mayor. Tapar esos huecos retrasaba mi salida sin hora fija, y no fueron pocas las noches en que me llevé a casa lo que no había podido terminar en obra. Si el esfuerzo iba en la dirección correcta, sigo sin saberlo. Pero desde luego estaba dándolo todo.

Cuantos más reproches se acumulaban, más culpaba a mi incompetencia en lugar de mirar el enredo del propio trabajo. Si tardaba en asimilar las tareas, si alguna vez había habido una explicación decente, o si aquello era sencillamente un desastre general, no había manera de saberlo. Fuera cual fuera la verdad, seguía perdido igual.

En fin, dicen que agachar la cabeza y hacer lo que te mandan es el destino del asalariado.

Aun así, mover manos y pies a ciegas sin saber qué hacía ni para qué dejó un cansancio mucho más hondo de lo que imaginaba.

Aun así, el trabajo me gustaba

El oficio en sí me gustaba bastante. Cuando fallaba un controlador en obra, toda la secuencia de cambiar una pieza o reconfigurar el programa se parecía bastante a montar un ordenador, algo que disfrutaba de vez en cuando. Por complicado que pareciera un aparato, al levantar la tapa aparecían las piezas, cada una con su función, engranando con honestidad.

Y sobre todo me gustaban las horas moviéndome solo. Puede que ese fuera el mayor consuelo de todos.

Tenía su desgaste pasar el día entero al volante en pleno Seúl, pero ir de obra en obra encajaba mucho mejor con mi carácter que aguantar clavado en un sitio fijo. La relación con el equipo no me pesaba demasiado, y tampoco es que no soportara ver nada de la empresa. El trabajo no iba en contra de mis aptitudes, y eso hacía aún más difícil llegar a una conclusión rápida.

Él también tendría lo suyo. Sacar adelante tu propia carga y encima criar a un novato no puede ser nada fácil. A él, alguien que insistía en preguntar el porqué, que quería ver primero el conjunto, seguramente le parecía un novato exasperante. Puede que yo lo estuviera agotando igual que él a mí.

Nuestra manera de pasarnos el trabajo estaba desalineada. Yo siempre quería saber la razón; él parecía convencido de que decir una vez lo que había que hacer bastaba. Nuestras conversaciones casi nunca llegaban al otro: giraban en vacío.

Al final decidí archivarlo como lo que era, dos personas desgastándose mutuamente. Aunque decidirlo no borrara del todo las preguntas que seguían dando vueltas en mi cabeza.

Los días en que quiero irme

Los días especialmente injustos y especialmente pesados, la palabra renuncia me daba vueltas en la cabeza sin falta.

Abría un portal de empleo sin plan ninguno y me asomaba al otro mundo de la pantalla. ¿Habrá algún sitio mejor que este? ¿Existirá siquiera un entorno que me venga un poco más a medida? Con la mirada perdida en la luz del monitor, de pronto me preguntaba si no estaría exprimiendo razones para marcharme.

Al final cerré la ventana en silencio, sin haber enviado el currículum a ni una sola oferta.

Aguantar no siempre es la respuesta, pero huir tampoco puede serlo siempre. Si estaba atravesando este tramo de tiempo de verdad o si me esforzaba en no mirar el motivo real para irme, no había forma de saberlo, y eso me dejaba sin suelo.

El muro de la realidad era demasiado alto para tirar ahora mismo la carta de renuncia. Había una vida ajustada que solo seguía rodando porque cada mes entraba puntual la nómina, y había una parte del peso que cargo en silencio bajo la palabra familia. Así que renunciar no era una carta que pudiera echar a la ligera porque se me hubiera torcido el humor.

Pero tampoco sabía si era lo correcto aguantar a ciegas, esperando que la relación incómoda con él se arreglara sola. Con el resto de compañeros me llevo bien, y este trabajo, a su manera, me gusta. Aun así, si el nudo no se deshace nunca, ¿qué se supone que tengo que hacer?

Las noches en que no enciendo el ordenador

La vida diaria fue apoyándose sobre mis hombros poco a poco, pero sin margen de duda. Hasta el recuerdo de la última vez que me metí de lleno en algo se había vuelto lejano. Llegar a casa, desplomarme en una habitación vacía, entregar la mirada a la luz del móvil y preparar el día siguiente como si me persiguieran: eso pasó a ser toda mi vida.

Hubo una época en que tenía más aficiones de las que podía atender. Bastaba con coger el iPad Pro para que se derramaran mil cosas que hacer. Dibujaba sin pensar en nada, o abría una app de lectura y elegía el libro que me pillara la mano. Hubo muchos días de ir a una cafetería, desplegar el iPad y ordenar las ideas escribiendo cualquier cosa con un café al lado.

En un rincón del cuarto hay un proyector. Bastaba con dejarme envolver por la luz de Netflix derramada sobre la pared blanca para que la vida pareciera bastante agradable. Y el ordenador. Al sentarme delante, podía pasar horas sin moverme. Ya fuera para jugar o para trabajar, toda mi vida fluía por el mundo al otro lado de aquel monitor.

Pero ahora esos aparatos han perdido todo su calor. Solo quedan ahí, abandonados en silencio en un rincón del cuarto, como si estuvieran muertos.

Se llegó al punto de que ya ni pulso el botón de encendido del ordenador.

Si esta desgana espesa es lo que la gente llama burnout o solo el poso que deja un día duro, todavía no lo sé. Lo que sí estaba claro es que quien antes deseaba las cosas con tanta fuerza ahora cierra el día mirando el techo. Al menos el que soy ahora no tiene nada que ver con el que yo conocía.

Tres meses desde que entré. ¿Solo tres meses, o ya he aguantado tres meses enteros?

Cuándo se despejará el aire incómodo que lo rodea, si acabaré domesticado y resignado a esta gramática árida, o si le daré la espalda a este sitio sin mirar atrás: sigo sin poder calcular nada.

Lo único que me pesa es esto: que se acumulan, una tras otra, las noches que dejo pasar delante de un monitor apagado sin llegar a encenderlo.


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