
La palabra “por fin”
Veintinueve. El final hecho jirones de mis años veinte, tan gastados que ya no quedaba nada por desgastar. Empujé la puerta de una pequeña empresa desconocida que jamás había aparecido, ni en una sola línea, en el mapa de mi vida.

El trabajo: mantenimiento de equipos de tráfico automatizados. Ir hasta los aparatos instalados a lo largo de las carreteras, revisar que estuvieran bien y, cuando algo fallaba, buscar la causa y repararla.
Fue el momento en que por fin quedó grabado un cargo nítido sobre el contorno de una vida que llevaba años borrosa.
Cuando mi madre lo supo, su voz sonó luminosa como el sol.
“Por fin mi hijo trabaja.”
Tomé aire despacio y me quedé quieto un instante. Yo también había estado haciendo algo todo ese tiempo.
Pero la pena que empezaba a subirme se apagó en silencio en la nuca.
Porque conocía el calor que guardaba esa palabra, trabajo, dicha así, con alivio.
Un día de pago que vuelve cada mes; una mañana prometida esperándome en lugar de la inquietud diaria. Más que negar el esfuerzo que quedaba atrás, era el alivio hondo de una madre por un hijo que había apartado el pie del borde del precipicio.
No quise sacudir el polvo viejo de aquellos años sobre una cara teñida de alegría. Solo asentí en silencio, pero esas palabras, por fin, se me quedaron dentro y siguieron moviéndose hasta la noche.
Porque delante de ellas, los últimos años, recorridos descalzo por un camino a oscuras, parecían borrarse hasta quedar en blanco.
Trabajar sin tener un oficio que nombrar
Siempre había estado preparándome, en silencio, en algún borde de mi vida. Llenaba los fines de semana partidos con trabajos por horas y, entre semana, me sentaba al escritorio a prepararme para un futuro que apenas alcanzaba a ver. En cuanto terminaba una forma de ser útil, salía de inmediato a buscar otro sustento; aun así, no dejaba de pulirme para el lugar que algún día sería plenamente mío.
Nunca eché el ancla muy hondo en ningún sitio, pero conocía de sobra el peso de esas noches: salir al mundo a una hora fija, rozarme con desconocidos y volver cargando el cansancio entero de un día.
Prepararme para el futuro solo era posible mientras pudiera sostener la vida de cada día. Así, el peso de mi vida fue desplazándose de una preparación sin fecha de término hacia ganarme el pan de hoy. Envié currículums a varias empresas y acabé solicitando trabajo en E-Mart. Así fue como entré a trabajar en el Traders de Hanam.

Mi tiempo en E-Mart estaba sujeto a un contrato de un año entero. El azul del amanecer, cuando aún no se había retirado la oscuridad. Iba hacia la tienda, mordiendo en silencio el aire frío. Mientras las estaciones cambiaban de color sin hacer ruido, recorría el mismo camino cada día. Incluso las mañanas en que abrir los ojos costaba más de la cuenta, terminaba arrastrando el cuerpo pesado hasta la calle.
Apilo cajas sobre palés y las llevo a la sala de ventas; lleno sin descanso los estantes vacíos, como si tuviera que encajar mercancía en cada hueco. En aquella repetición seca volqué casi todo mi tiempo, sin reservarme nada.
Quizá por eso, el último día del contrato, lo que sentía no acabó de juntarse en una sola cosa.
Detrás del alivio transparente de no volver a ir a la carrera de madrugada llegó un vacío espeso: mañana abriría los ojos y no tendría adónde ir.
Ligero, y con miedo. Era el punto final que tanto había esperado y, sin embargo, cuando el día llegó, los pasos me pesaron, porque lo que dejaba en aquella taquilla gastada no parecía ser solo sudor.
Aun así, llegó el final, y aquel año vivido con todas mis fuerzas se deslizó, sin remedio, en el cajón llamado pasado.
En un solo día, el hombre que fichaba puntualmente cada mañana pasó a ser alguien que tenía que explicar su oficio como si se disculpara.
Sobre el currículum se secaron una o dos líneas de tinta negra, y nada más. El olor de la madrugada que se me quedaba en la nariz, los pedazos de ánimo que ondeaban aquel último día: en ese papel seco no había sitio donde nada de eso pudiera marcar.
Si lo miro con calma, yo no dejé de moverme ni un momento. Solo me faltaba una placa firme que poner delante de mi nombre y dejarla ahí mucho tiempo.
Un sueño que nunca llegó a ser un oficio
Hubo un tiempo aún más difícil de explicar: los años que pasé encerrado en el mundo del arte, decidido a ser artista conceptual.

Día tras día me sentaba frente a una pantalla oscura, corregía una línea una y otra vez, borraba lo que no soportaba y volvía a dibujarlo.
Sentía un destello de alivio al notarme un poco mejor, y entonces me cruzaba con el trabajo deslumbrante de otro y me hundía al ver cuánto se había alejado otra vez el sueño.
No tenía ni idea de cuánto más debía caminar para que aquella preparación agotadora terminara, pero aguantaba creyendo que algún día ese tiempo brutal me llevaría adonde quería llegar.
Aunque por ahora no fuera nadie, imaginaba que, en cuanto consiguiera el nombre de una profesión, a todo aquel desamparo se le prendería alguna medalla decente.
Pero nunca llegué a ser parte de ese mundo.
Si me hubiera convertido en alguien que sostiene su vida dibujando, aquellos años agotadores se recordarían como un aprendizaje deslumbrante, soportado con entereza por un sueño.
La luz del monitor que no se apagaba de madrugada, los días en que me derrumbaba culpándome porque la mano no hacía lo que le pedía: podría sonreír y llamarlo todo la historia que tenía que ocurrir para hacerme como soy.
Pero di media vuelta a mitad de camino, sin llegar al destino prometido, y aquellos días luminosos se convirtieron en una marca fría: deriva, o hueco.
Al final, “estar preparándose para algo” es una expresión reservada a quienes acaban con un resultado en la mano.
Lo más amargo no era solo que el mundo no contara aquellos años. Cruelmente, yo tampoco supe defenderlos.
Cuando alguien me preguntaba qué había sido de mí, me oía decir, con sorna: “Perdí unos años intentando dedicarme al dibujo”.
No era del todo falso; el arrepentimiento estaba untado por todas partes. Si pudiera volver atrás, hay días que sin duda querría pasar de otra manera.
Pero eso no significa que no hiciera nada.
Quise desesperadamente llegar a ser algo. Volqué en ello una estación entera de mi juventud. Simplemente no llegué.
Un resultado fallido no puede volver atrás y borrar, como si nunca hubiera existido, la sinceridad que apreté dentro de aquel proceso largo.
Cuando el resultado le cambia el nombre al pasado
Es extraño: el resultado no decide solo cómo se ve el presente. Vuelve atrás y le cambia el nombre al pasado a su antojo.
Puedes aguantar exactamente el mismo peso de tiempo: si alcanzas el sueño, se elogia como esfuerzo; si te quedas corto, se despacha como años tirados.
Consigue el empleo y será un glorioso “periodo de preparación”; tuerce hacia otro camino y quedará como un “hueco” fino entre dos líneas del currículum.
Adónde llego al final decide, con retraso, lo que valió cada uno de los días que caminé hasta allí.

Pero nuestra vida no existe solo como material para hacer lucir el resultado de ahora.
No pienso forzarme a decir que los años dedicados al arte conceptual tenían que servirme en el trabajo que tengo hoy.
Tampoco quiero maquillar aquel fracaso con la conclusión cómoda de los libros de autoayuda: que todo fue un abono valioso.
Lo desperdiciado sigue doliendo como desperdicio, y lo que fracasó sigue fracasado, como una cicatriz. Solo que dentro de aquella preparación fallida seguía respirando, entera, la vida de una persona.
No haber llegado adonde quería es un hecho triste, pero no basta para deshacer los días que caminé, paso a paso, hacia algo que brillaba.
El tiempo que pasé sin llegar a ser nada también es tiempo que viví con todo el cuerpo, y cuenta.
Tener un trabajo que el mundo reconoce
Hoy me gano la vida haciendo el mantenimiento de equipos de tráfico automatizados.
Quien antes se esforzaba por dibujar mundos imaginarios dentro de una pantalla ahora recorre las carreteras duras que hay fuera de ella, revisando cámaras, radares y los aparatos callados que esperan a su lado.
No hay ningún arco dramático que una esos dos tiempos.
Tampoco puedo decir que los años de estudiar dibujo dieran un fruto brillante en este trabajo. Simplemente me bajé en silencio del camino que llevaba y empecé a andar por otro completamente distinto.
Tampoco he llegado a ningún sitio admirable. Entrar en una empresa pequeña y modesta no disolvió mi inquietud como si fuera niebla, y no tengo ni idea de si este será el último lugar donde trabaje.
Lo que cambió es que, cuando alguien me pregunta de pasada a qué me dedico, respondo enseguida en vez de titubear. Tengo una empresa a la que volver, un trabajo del que respondo y un puesto que la semana que viene seguirá esperándome.
Seguramente por eso la alegría de mi madre fue tan luminosa.
No porque creyera que su hijo había alcanzado por fin un gran éxito, sino por el alivio de que una vida que se tambaleaba hubiera tomado una forma más firme y algo más previsible.
Que yo ya no pareciera un hijo a la deriva, capaz de encallar en cualquier parte: eso debió de ser una alegría enorme para ella.
Por eso no me molesté en corregir aquel “por fin” que se le escapó ese día, y tampoco pienso discutirlo más adelante.
Ella tiene su propio “por fin”, el que suelta al respirar aliviada, y yo conservo intacto todo lo que vino antes: el tramo largo y oscuro.
Solo quisiera pegar, con cuidado, una pequeña nota al pie detrás de esa frase, en el cajón más hondo de mi corazón.

No empecé a trabajar a los veintinueve. Lo que ocurrió es que a los veintinueve el mundo empezó por fin a llamar “trabajo” a lo que yo venía haciendo con todas mis fuerzas.
Antes de eso, siempre estaba preparándome para algo, atravesando el aire frío del amanecer camino del trabajo de aquel día. También me senté y me levanté incontables veces ante una vieja pantalla que nunca llegó a darme el nombre de una profesión.
La mañana inquieta que siguió al final de un contrato, y el camino de vuelta, miserable, desde ese lugar alto que llaman sueño: por los dos seguí caminando, como pude, hacia la vida siguiente.
Puede que nunca llegara a ser nada luminoso, pero el tiempo que atravesé no fue nunca nada.
Mucho antes de que se levantara ese telón deslumbrante del “por fin” que el mundo aplaude, yo ya estaba viviendo mi parte de la historia, y viviéndola con todas mis fuerzas.
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