Destiny 2 — Un mundo convertido en la Forma Final

Recuerdo las preguntas que dejó aquel largo viaje. Incluso después de dejar el juego, en mi memoria la Torre conserva la luz y las sombras de aquel día.

Ilustración de montañas y ciudades inmovilizadas en capas de piedra clara y oscura, separadas por una estrecha abertura
Música para este ensayo Stillness in Glass Nap Lee / made with Suno
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Aviso de spoilers: Este ensayo aborda elementos importantes del trasfondo de la saga Destiny y los desenlaces de la campaña La Forma Final, la incursión El filo de la salvación y la actividad final, Cisma.

Un mundo perfectamente inmóvil

Cuando el Testigo empezó a materializar la Forma Final en el Débil Corazón, dentro del Viajero, los paisajes de la Tierra se dividieron en capas superpuestas y se detuvieron a la vez. No hubo explosiones ni derrumbes. Quienes estaban extendiendo una mano o girando el cuerpo quedaron fijados en su sitio, con sus formas aún nítidas. Poco después, el Viajero revirtió lo ocurrido, pero los guardianes habían visto un final del mundo en el que todo quedaba inmóvil, sin volver a cambiar jamás.

El Testigo creía que, para acabar para siempre con el dolor y la pérdida, había que cortar de raíz la posibilidad de cambiar. Para él, la Forma Final era la salvación. Un mundo donde ya no se perdiera nada y nadie saliera herido. A cambio, nada podría avanzar hasta el instante siguiente.

Renunciar al instante siguiente para no sufrir es, sin duda, algo terrible. Aun así, no me resultaba del todo ajeno el deseo de encontrar un poco de descanso en aquella quietud donde todo se había detenido.

Ante un mundo en el que nadie puede morir jamás, pero tampoco vivir un solo instante más, contemplo en silencio el paisaje retenido en la calma.

Un dios que no responde

La civilización que acabaría convirtiéndose en el Testigo encontró al Viajero en un desierto y disfrutó de una larga edad de oro. Sin embargo, ni siquiera en medio de aquella prosperidad deslumbrante logró descubrir por qué existía. El poder de la Luz para hacer nacer cosas sin cesar era asombroso. Pero aquellas posibilidades que se extendían sin rumbo no les dejaron más que vacío.

Ilustración de una enorme esfera suspendida sobre una ciudad geométrica en el desierto

En su búsqueda de respuestas, finalmente descubrieron otra entidad vinculada al Viajero: el Velo. A través de él conocieron el poder de la Oscuridad, ligado a la conciencia y al significado. Intentaron unir al Viajero y al Velo para someter las posibilidades que la Luz creaba sin descanso a un único propósito.

Pero el Viajero se negó y huyó, dejando una vez más sus preguntas sin respuesta. Al final, decidieron ocupar ellos mismos el vacío de aquel dios que se había marchado. Fundieron sus innumerables conciencias en una sola. Así nació el Testigo.

La destrucción que después sembraron por las estrellas fue terrible. Pero cuesta explicar como simple maldad aquella obsesión por grabar un solo significado en un universo silencioso. En ella se entrelazaban la fragilidad de no soportar el silencio de un dios que nunca respondía y la arrogancia de pretender ser, ellos mismos, la respuesta del universo.

Una civilización hecha una sola voz

El Testigo se llama a sí mismo «nosotros». Al ver los innumerables rostros que aparecen y se desvanecen en el humo sobre su cabeza, la idea de una civilización entera fundida en una sola mente llega a resultar sobrecogedora, casi sublime. Parecía una unión perfecta.

Pero las voces de los disidentes que salen de las estatuas, en lo más profundo del Débil Corazón, cuentan qué se había amputado bajo aquella unidad sin fisuras. Eran algunas de las muchas conciencias que habían formado al Testigo, reprimidas y aisladas porque no compartían su voluntad.

Ilustración de innumerables rostros superpuestos en el humo sobre la cabeza del Testigo y dentro de su cuerpo fracturado

El Testigo, que pretendía salvar a todos los seres vivos, empezaba por reprimir las otras voces que llevaba dentro. Al universo solo le permitiría una escena: la que él había decidido que era perfecta.

La Forma Final no era un mundo donde todo hubiera sido moldeado igual. Era un mundo donde la posibilidad misma de adoptar otra forma quedaba cerrada para siempre.

Sin dejar de ser distintos

Los disidentes que aún permanecían dentro del Testigo ofrecieron la clave para derribarlo. Explicaron que destruir sus estatuas también lo heriría a él. El guardián empuñó una espada de Luz y las hizo pedazos. Aquella inmensa conciencia que se proclamaba un todo perfecto empezó a mostrar grietas.

En la incursión El filo de la salvación, seis guardianes entraron en la enorme fortaleza donde el Testigo intentaba completar la Forma Final. Atravesaron sus defensas, llegaron a la cima y se enfrentaron por fin a él. No consiguieron matarlo, pero sí liberar la Luz del Viajero que mantenía atrapada.

Para Cisma, la batalla final que vino después, se reunieron doce guardianes y las fuerzas de la Coalición. La humanidad, los eliksni de la Casa de la Luz y los cabal de Caiatl, la colmena lúcida de Savathûn. Quienes antes se apuntaban unos a otros con intención de matarse estaban ahora juntos ante un mismo enemigo.

Algunos habían aprendido a confiar unos en otros luchando codo con codo. De otros todavía había motivos para recelar. Había corrido demasiada sangre entre ellos como para explicar su alianza solo con palabras tan pulidas como comprensión y solidaridad. Aun así, orientaron sus armas en la misma dirección.

Ilustración de corrientes de distintos colores y texturas que avanzan hacia una puerta abierta, conservando cada una su forma

Con la capacidad prismática adquirida en el Débil Corazón, los guardianes recurrieron a la Luz y a la Oscuridad al mismo tiempo, pese a su distinta naturaleza. También quienes se reunieron allí lucharon juntos sin desprenderse de sus cicatrices ni de sus diferencias. En el último instante, los guardianes vertieron la Luz del Viajero sobre el Testigo a través de sus Espectros. Así, quienes siguieron siendo distintos derribaron al ser que había querido detener todo cambio.

Donde no hay respuesta

Al comienzo de Destiny, publicado en 2014, un Espectro devuelve a la vida a un guardián que yace entre los coches abandonados del Cosmódromo, en la Antigua Rusia. El guardián sale de las ruinas sin saber quién es ni por qué ha resucitado.

Durante los diez años siguientes, en aquel universo donde se cruzaban la Luz y la Oscuridad, innumerables dioses proclamaron sus propias verdades. El Viajero, sin embargo, nunca dio una respuesta que pudiera servir de brújula.

La Forma Final no explica ese largo silencio. En su lugar, muestra la ruina del Testigo, incapaz de soportar un mundo sin respuestas y empeñado en convertirse él mismo en la respuesta.

Lo que el guardián protegió al derrotar al Testigo no fue una verdad mejor, sino un mañana aún por decidir. Un tiempo en el que no sabemos qué nos espera, en el que una mala elección puede volver a herirnos y, aun así, debemos decidir por nuestra cuenta qué rumbo darle a nuestra vida.

Ilustración de dos órbitas sobre un mar oscuro y una puerta abierta por la que entra luz al borde de un acantilado

Después de la Forma Final

Dejé de jugar a Destiny hace unos años, después de ver el desenlace de La Forma Final. Cuando volví a la Torre al terminar aquel largo viaje, aún quedaba equipo por conseguir, pero no tenía ganas de volver a la faena. Deambulé un rato por la plaza y cerré el juego en silencio.

En mi memoria, la plaza de la Torre conserva la luz y las sombras de aquel día. Por mucho que haya cambiado, yo la sigo recordando tal como estaba la última vez que estuve allí.

Captura del juego con un guardián junto a la barandilla de la Torre y, al fondo, el Viajero roto bajo el cielo del atardecer
Captura de una partida de Destiny 2. © Bungie.

No tengo motivos para volver ahora mismo. Pero tampoco he decidido no volver nunca. Si algún día vuelvo a conectarme, creo que daré una vuelta por aquella plaza tan familiar para ver qué ha cambiado. No sé qué sentiré entonces.

La puerta de la Torre aún no se ha cerrado.



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