Donde se disipa la niebla de lo posible

Dejo atrás el mundo seguro y borroso de la posibilidad y entro en el taller de cada día, dispuesto a rayarme y a caerme.

Música para este ensayo Fading into Shape Nap Lee / made with Suno
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La noche que nadie me mandó

De niño, siempre quedaba un puñado de sol en casa cuando volvía de la escuela.

Mientras dejaba la mochila y me cambiaba de ropa, el aire de la habitación parecía aflojarse, sin prisa. Los deberes pendientes aguardaban en silencio sobre el escritorio, y yo sabía que mañana llegaría otro día igual que aquel.

Pero aquella tarde, en el breve silencio que llenaba la habitación, de pronto no quise dejarme arrastrar por ninguna de las corrientes del mundo.

No aspiraba a nada grandioso. Solo quería que el gesto de tomar un lápiz por mi cuenta dejara alguna raya pequeña en el borde de una rutina que giraba como una noria. La primera noche que tomé un lápiz debió de ser así. Sobre una hoja en blanco empecé a dibujar un soldado de asalto de Star Wars, lo que más me gustaba entonces, y cuando volví en mí un amanecer azulado se posaba sin ruido sobre el marco de la ventana.

Si había quedado bien o no no importaba lo más mínimo. Mientras superponía líneas negras y rellenaba sombras torpes, el tiempo del cuarto se desmoronaba en silencio. Había pasado la noche entera con los ojos abiertos y, aun así, lo que me llegaba no era cansancio, sino una sensación nueva: algún grano dentro de mí que maduraba y se volvía duro.

Creo que entonces lo entendí vagamente.

Que una afición no era solo la manera de dispersar en vano las horas que sobran. Era un rito: cerrar bien la puerta y entrar despacio en un territorio secreto donde solo yo podía poner el pie. Esa era la esencia de la afición que me había sido concedida.

El mundo que hicieron mis dedos

Me metí en el refugio llamado afición sencillamente porque quería ser libre. El mundo del día suele correr al compás y a las reglas de otros. Horarios fijos de entrada y de salida, procedimientos que a veces no había manera de entender, el peso mísero de mi tiempo tasado con la vara ajena. Creía caminar por mi propia voluntad, pero cada noche me asaltaba la desolación de estar resbalando sin remedio por la órbita de un engranaje enorme.

Por eso, al volver al cuarto, necesitaba con urgencia un mundo de una textura completamente distinta a la realidad. Como si me persiguieran, abría el cuaderno de bocetos y tanteaba las cuerdas viejas de la guitarra. Daba igual que la línea se torciera, que borrara sin nostalgia una frase a medio escribir, que una disonancia desastrosa diera vueltas por el cuarto. Todo aquello era calor salido únicamente de las yemas de mis dedos.

El simple hecho de haber empezado algo, contra todo, con mis dos manos, abría como por milagro un aliento que se me había subido hasta la barbilla. Gracias a eso, dentro de aquel cuarto tan estrecho, yo podía ser enteramente libre.

Por el trabajo sin terminar corría una sangre capaz de convertirse en cualquier cosa. Como todavía no había cuajado en ninguna forma, ni el juicio ni el fracaso lo alcanzaban. La niebla de lo posible que subía de un aire tan inofensivo era dulcísima.

Pero la estación de la libertad no duró. En el instante en que se entrometió el deseo de hacerlo mejor, la libertad se derritió como la escarcha. Sin darme cuenta, el dibujo había caído a la categoría de plano frío que solo mide proporción y perspectiva. El papel blanco dejó de ser el lugar donde podía pasar cualquier cosa y se volvió un examen en el que debía demostrar mi nivel, y me aplastó.

Yo solo quería moldear algo con las yemas de mis dedos y, sin embargo, al levantar la cabeza estaba solo al pie de una torre altísima. Fue el momento en que el refugio cálido que creía que me acogería se convirtió, al contrario, en la vara fría que me medía.

Sin darme cuenta, había adquirido una costumbre extraña. Antes de ver lo que quería crear, todo lo que no había logrado hacer me tapaba la vista. La distancia parecía enorme incluso antes de alargar la mano. Una y otra vez me levantaba de la silla con las manos vacías, sin nada más que ganas. Desplazado del escritorio, terminaba yendo a la cama. Allí no tenía que acabar nada ni demostrar quién era. Había silencio en el lugar al que había huido.

Las noches en que me sumergía

Las horas tumbado en la cama pasando pantallas mecánicamente eran acogedoras, pero al final siempre rondaba un vacío espeso. El cuerpo había descansado tendido mientras la mente se había quebrado como una hoja seca. Dentro de esa quietud, el rastro de la vida que de verdad había pasado por el sujeto llamado “yo” era apenas tenue.

Más bien, los momentos en que me dejaba atrapar de buen grado y durante largo tiempo se parecían a la cuerda de un arco tensada al máximo. Eran distintos de la fatiga impotente que corroe el alma. Era una tensión nítida y cortante, en la que la mente que flotaba a la deriva por el vacío por fin se reunía en un solo punto.

Solo entonces empecé a distinguir el contorno de mis aficiones, que llevaban tanto tiempo a la deriva. Siempre había oscilado como un péndulo inestable entre el aburrimiento y la ansiedad. Las tareas fáciles, al alcance de la mano, pronto perdían su interés; el dibujo que tanto deseaba hacer solo brillaba a lo lejos, como la luna en el cielo nocturno.

Trasladar intacta al papel la imagen que me rondaba la cabeza no era para mí una tarea cotidiana cualquiera. Era como mirar desde abajo una torre alta y temible a la que ni siquiera me atrevía a acercarme.

Y aun así nunca tallé los peldaños de piedra, pequeños y concretos, que me llevarían a lo alto de esa torre. La dirección de la línea que debía trazar hoy, el rango del gesto que debía aprender la mano: lo dejé todo vagamente en blanco. Ese dolor feroz de la repetición, que acaba sacando un callo de cualquier cosa que sostengas. Ante él, yo solo cerraba los ojos, en silencio, como un cobarde.

Durante el día, lo que tenía que hacer ya venía decidido de antemano. Había una tarea delante y no costaba saber hasta dónde había llegado. Pero por la noche, cuando volvía a mi cuarto, era distinto. Qué hacer y hasta dónde llevarlo dependían de mí. A menudo me quedaba parado ante aquella libertad que tanto había deseado.

No había ninguna mano amable que me detuviera diciendo: “Por hoy hasta aquí”. En eso consistía, exactamente, que yo siempre diera vueltas por la orilla del bosque llamado trabajo sin entrar nunca.

La huida que se llamaba preparación

En lugar de llenar el documento en blanco, ordenaba con pulcritud la estructura de las carpetas y reunía sin fin materiales y cursos. Cada vez brotaba en mí la ilusión segura de estar logrando algo. Al principio creía que aquello era preparación: que solo podría empezar cuando supiera más. Pero en algún momento lo vi. Era la huida más astuta de todas, con la máscara de la preparación.

La carencia de esta época no está en el conocimiento. El problema es más bien el desbordamiento. Enciendes una pantalla e irrumpen incontables resúmenes y herramientas cómodas que prometen ahorrarte el esfuerzo. Hojeas unas páginas de un manual de escritura, ves el vídeo de un curso, y surge la ilusión de haber entrado ya en el mundo de los escritores. Con unas líneas de prompt aparece algo verosímil, y uno alisa las frases que le ha entregado una inteligencia artificial y se consuela pensando que ya ha llegado.

Pero mis manos, en realidad, están completamente limpias. En el documento en blanco no hay rastro de un pensamiento llevado hasta el final. La información se amontona enorme en mi cabeza mientras mi cuerpo no cambia lo más mínimo. En la imaginación ya he cruzado un río lejano, pero sobre la mesa de trabajo real no hay más que polvo, capa sobre capa.

Ante la libertad, me detenía

Me quedé mucho tiempo vacilando ante aquel polvo. Había llegado hasta allí buscando libertad, pero cuando nadie me decía qué hacer ese día, yo no era capaz de elegir nada.

Mirando atrás, todo lo que elegí por ansia de libertad pertenecía al mundo del autodidactismo.

Ante una hoja vacía. Observaba desesperadamente la forma de las cosas y la trayectoria de la luz. Pero la forma perfectamente construida dentro de mi cabeza se derrumbaba sin remedio en el instante en que pasaba al papel. Ese proceso, el del ideal imaginado perdiendo su forma, tuve que mirarlo de frente y con los ojos abiertos.

Por más que me esforzara en agarrar algo, el paisaje que encontraba era siempre el mismo. Después de dar una y otra vez la misma vuelta, solía descubrirme de nuevo en el punto de partida.

Lo que había elegido importaba menos de lo que creía. Fuera donde fuera, la distancia entre el ideal que llevaba en la cabeza y lo que quedaba en las puntas de mis dedos no terminaba de cerrarse. No me quedaba más que soportar ese hueco e intentar llenarlo a mi manera.

Estar solo no era el problema. Lo que me faltaba era la determinación y el sistema necesarios para seguir caminando solo. Había huido a un mundo sin órdenes de nadie y luego me quedaba parado porque no había quien me pavimentara el camino.

Por qué la niebla de lo posible es tan dulce

Ahí está también la razón de que el estado de posibilidad fuera tan dulce. Terminar es como un juicio, porque en el instante en que la obra queda acabada, lo que sale a la luz no es otra cosa que mi pobre nivel actual.

En cambio, un boceto sin acabar tirado en un rincón da la ilusión de poder eclosionar en cualquier momento en algo grande. Por eso amé durante mucho tiempo esta niebla espesa de lo posible. Me consolaba diciéndome que estaba bien porque no lo había terminado, y me engañaba diciéndome que no era un fracaso porque nunca me había lanzado de verdad.

Pero la posibilidad podrá ser un punto de partida; en sí misma no es nada. Al final, si no plantas los dos pies en el suelo y levantas el cuerpo, la realidad que te rodea se queda exactamente donde está, sin cambiar un solo día.

La concentración no llega en una ensoñación. Aparece cuando tomo una posibilidad entre muchas, renuncio a las demás y por fin muevo las manos. Cuando me atrevo a trazar la primera línea en vez de repasar una lista de cursos. Cuando paso al papel la figura que tenía en la imaginación, por torpe que salga.

La música funciona de una forma parecida. Hasta una melodía improvisada encuentra su sonido pleno solo cuando unos acordes y ritmos mínimos han calado en los huesos. La libertad no es otra palabra para hacer lo que me dé la gana. Es la dureza que acaba formándose en las yemas después de soportar las horas aburridas de repetición. El resultado conseguido por un atajo puede ser dulce, pero no puede cambiarme.

Equivocarme con mis propias manos, mirar de frente el resultado, quedarme un rato delante de algo mal hecho. Lo que no ha pasado por ese tiempo nunca llegará a ser mío, por convincente que parezca.

No la torre, sino un solo escalón

Por eso lo que necesito ahora no es la salvación. Me basta con una tarea pequeña pero segura que mi cuerpo pueda sostener hoy.

Hay que soltar la obsesión por terminarlo todo. Basta con dejar una pequeña huella. La tarea de hoy no es un producto acabado. Debe ser un apoyo bajo y concreto, algo sobre lo que pueda conseguir poner el pie.

Una pequeña tarea no puede ser una cadena que ate mis posibilidades. No es más que una cuerda que me arranca de la fantasía en la que me escondía y me trae a la realidad.

Aun así, sigo prefiriendo una coma que tiembla insegura a un punto final rotundo. Porque nací inclinándome hacia la posibilidad desconocida antes que hacia un mundo terminado. Aquella torre alta seguirá quedando lejos de mí, y los días en que las yemas de los dedos se me quedan frías y rígidas ante su abrumadora enormidad volverán a buscarme una y otra vez.

Pero ahora lo sé. No hace falta subir la enorme torre de un tirón, ni hay razón para quedarse helado, abrumado por su altura. Lo único que tengo que hacer es tallar, al pie de esa torre lejana, un pequeño peldaño en el que pueda poner hoy un pie.

El resultado de hoy no es gran cosa. Pero en las yemas de mis dedos queda una marca tenue de haber tocado algo en el camino. Hoy, al menos, me alegra que mis manos no sean del todo inocentes.


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